También: Cot · Côt · Auxerrois
El Malbec llegó a Argentina en 1853 de la mano de Michel Pouget y encontró en Mendoza el lugar donde mejor se expresa en el mundo. Lo que en Cahors era una uva rústica y tánica, acá se transformó en un vino redondo, sedoso y profundamente expresivo. La altura es la clave: entre 800 y 1500 metros, la amplitud térmica preserva la acidez y fija el color y los aromas florales que distinguen al Malbec argentino del francés. Es una cepa de racimos sueltos y bayas grandes con piel gruesa, lo que le da color intenso y resistencia. Prefiere días soleados y noches frescas — exactamente lo que ofrece el oeste mendocino. Su plasticidad enológica es enorme: se trabaja en acero, hormigón, roble francés, huevos de cemento o ánforas, y cada vasija le imprime un carácter distinto. El estilo argentino moderno tiende a buscar la elegancia y la frescura más que la concentración: Malbecs de altura con menos alcohol, más tensión y violetas marcadas que recuerdan que esta uva, antes que potencia, es perfume.
Genealogía: cruza de Magdeleine Noire des Charentes × Prunelard.
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